
Desde hace miles de años la pardela cenicienta se las arregla para volver siempre a Canarias, sin atender a la cada vez más precaria oferta de nidos, que van menguando año tras año por la masiva construcción de los barrancos donde siempre habían tenido sus huras.
Hace muy pocos días partieron del Archipiélago miles de pollos 'hechos en Canarias' rumbo a un asombroso periplo que los mantendrá alejados de las Islas durante unos cinco años. Justo hasta que algo les pique en la entrepata y regresen aquí a buscar a una pareja que mantendrán de por vida.
Sus padres también cogieron aire. Se van para Argentina y Brasil durmiendo a flote y volando a vela, y desde allí, aprovechando el viento que producen las olas irán surfeando en vuelo rasante hasta bordear el Cabo de Buena Esperanza y llegar a Namibia, donde pasan el verano austral. Los pollos no. Los pollos estarán del tingo al tango. Van al mar y se dispersan. Unos para Brasil, otros para Sudáfrica. Hasta lo de la entrepata, que es cuando cogen fundamento.
Llegarán sobre los meses de marzo y abril. Primero se reúnen en el mar, imitando a sus padres, formando colonias en balsas. "Allí conocen a la piba" y a la oscura se van a los barrancos, donde se apañan una hura, un nido.
Serán fieles toda su vida, salvo que un año se retrase más de la cuenta un macho y otro avispado le levante la novia, que ya le estaba esperando en el mismo sitio de siempre. El reencuentro es pasión pardela a niveles empalagosos. Se pueden pasar la noche entera guindado uno sobre la otra. Y la siguiente noche lo mismo. Un verdadero emboste copulativo que culmina en un único y orondo huevo.
La hembra, exhausta de tanto aerobic deja al macho empollando después de la puesta. Ahíta del frangollo se hace una escapada a las costas africanas, hasta Mauritania incluso, a reponer fuerzas en el caladero canario-sahariano. Una vez coge el resuello regresa al nido para turnarse el parvulario, hasta que alonga el pollo por la cáscara. Ahora va uno a la marea, a buscar potitos de caballa, chicharro y sardina fresca, o de noche de calamar, y el otro a echarle un ojo al enano.
Hasta que llega finales de octubre y principios de noviembre. Ya tiene armada la máquina de volar, un fuselaje de unos 800 gramos que llegará a medir casi medio metro de eslora y 1,25 centímetros de manga, entre punta y punta de sus alas.
La aviónica se adapta a una suerte de autopistas del viento que les hace recorrer unos 11.000 kilómetros dando un extraño viraje de 3.000 kilómetros adicionales por Brasil. Exactamente lo mismo que hacían los marinos del siglo XV para saltarse las calmas ecuatoriales.
Pero, con todo, eso no es lo más difícil de la travesía. Lo peor son los primeros minutos de su primer vuelo. Las luces, los cables y las carreteras de las Islas son la gran prueba de fuego para la especie más importante de aves marinas de Canarias.